lunes, 17 de febrero de 2014

EL ÚLTIMO TREN PREMIADO DE UN GENIO


JUAN JOSÉ FERNÁNDEZ
El País.com

No siempre los máximos protagonistas son los vencedores. Bode Miller, el estadounidense revolucionario, hippie por familia y contestatario por devoción, rompió un molde más en su carrera y logró el bronce del supergigante en su último tren. Con 36 años y cuatro meses ya es el esquiador alpino más veterano en subirse a un podio olímpico. Soñó con otro oro y fue muchos minutos el mejor tiempo. Pero no pudo ser. Primero le superó el noruego Kjetil Jansrud para mantener la tradición nacional, después le igualó el canadiense Jan Hudec y finalmente le quitó la plata que sí ganó él hace cuatro años, su compatriota Andrew Weibrecht, bronce entonces. Discreto esta temporada, pero con unas tablas suyas e información que le dio tras la bajada, supo estar el día oportuno con el acierto justo.
Miller no ganó, como esperaba más el primer día en el descenso, cuando acabó con la decepción de un octavo puesto, pero vivió una emoción sobrada para hacerle llorar. Raro en él, tipo duro, distinto, genial. Fue por su hermano Chelone, fallecido en abril del año pasado, pero también por sus propios esfuerzos, sus idas y vueltas, sus lesiones, sus enfrentamientos con el poder establecido. Un premio afortunado, pero justo, ironías del destino (repetidas en Sochi tras el oro compartido también en el descenso femenino por la otra gran eslovena premiada, Tina Maze y la suiza Dominique Gisin). Miller difícilmente podrá sumar más gloria en el eslalon gigante. La nieve blanda ha perjudicado en Sochi a uno de los esquiadores con una técnica más particular, de trazadas imposibles antes de girar como pocas piernas han resistido entre las leyendas del esquí.
Eran sus quintos Juegos y sumó su sexta medalla. Sólo tiene un oro, el de la supercombinada de hace cuatro años (sólo fue sexto ahora en Sochi), pero que refleja el esquiador completo que ha sido con un palmarés entre los mejores y de los pocos que tienen títulos en todas las grandes citas de Mundiales y Copa del Mundo. Sólo su carácter, el haber ido contra corriente demasiadas veces, le impidió ser más grande. En Turín 2006, por ejemplo, donde su crisis contra el mundo tocó fondo y pareció ser el fin de su carrera. Pero se recuperó, como también de temporadas en blanco por lesión. Ha sido uno de los incombustibles de la historia, un Marc Girardelli a la americana.
Kjetil Jansrud se impuso en la segunda prueba más rápida tras ser ya bronce en el descenso. Mostró su gran forma pese a que el gran favorito volvía a ser el gran dominador global de los últimos años, su compatriota Aksel Lund Svindal, oro en Vancouver hace cuatro años y sólo séptimo ayer. Pero todo quedó en casa con Jansrud, pese a que en esta campaña apenas había logrado un triunfo en la prueba de Lillehammer de Copa de Mundo. También tuvo el día exacto para tocar el cielo y seguir haciendo historia. Fue el cuarto triunfo consecutivo de un noruego desde Salt Lake City 2002. Allí, como también en Turín 2006, con 34 años y cinco meses, se impuso el primer gran Kjetil, Aamodt, uno de los esquiadores más laureados de la historia y desde entonces el más veterano en subirse a los podios alpinos. Hasta ayer.
Las altas temperaturas en Sochi, incluidas las montañas cercanas de Krasnaya Polyana, están marcando las competiciones. Aunque a última hora de la tarde, o quizá por eso, cayó una niebla espesísima que suspendió el biatlón donde otro gran veterano noruego, Ole Einar Bjoerndalen buscaba más gloria, por la mañana volvía el sol. Nada de nieve helada y sí pista blanda, lo que a muchos esquiadores no les gusta, Miller entre ellos. Incluso la prueba se adelantó una hora para que no fuera algo así como esquí acuático. Además, el sorteo de salida no parecía favorecer a los favoritos, muy retrasados. Pero bajó el 13 e hizo el mejor tiempo, aunque cometió un error en la última parte de la pista, después del salto. Su estilo agresivo le hizo perder fácilmente medio segundo en lugar de deslizarse sin más. Curiosamente, 53 centésimas le separaron de Jansrud. Su leyenda se habría agrandado todavía más, pero tal vez importaba menos el color de la medalla. Sólo la medalla.
“Perder a mi hermano el año pasado ha sido muy duro para mí, mi familia, mi entorno”, confesó. “Me ha costado mucho recuperar mi nivel siempre luchando contra las pruebas de la vida. Volver a esquiar deprisa era casi una terapia obligada. Por eso hoy se han sumado muchas emociones. Significaba mucho para mí”. A Miller le espera ahora en cada llegada su mujer, con quien se casó en 2012 y tiene un hijo. Una nueva vida, aunque para él las tormentas demasiadas veces han podido a las calmas.
Los españoles, como siempre. Nada raro. Ferrán Terra se saltó una puerta y fue descalificado. Paul de la Cuesta se salió de la pista, aunque sin consecuencias. Sólo que el desastre del esquí español sigue en sesión continua.

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