lunes, 13 de abril de 2015

EL NUEVO JORDAN

“QUIERO SER EL NÚMERO 1"

CARLOS ARRIBAS
El País.com

“Dime la verdad, Jordan”, le dijo su caddie, Michael Greller, el profesor de matemáticas más famoso de Texas, “a que prefieres estar aquí que en Pasatiempo con el equipo de la Universidad?” Y aunque Pasatiempo es un campo magnífico, un diseño de Alister McKenzie como Augusta, y aunque en el campo del Masters Jordan Spieth, de mirada falsamente beatífica, alopecia galopante y líder desde el primer minuto, estaba al borde de un ataque de nervios, el joven texano asintió. Se comió lo nervios y peleó hasta la victoria. “Spieth es un chaval muy intenso, y no se le puede agobiar con consejos. Solo hay que decirle una frase, una sentencia, de vez en cuando. El resto del partido solo hay que escucharle”.
Tiger Woods también tuvo 21 años y también a esa edad ganó su primer grande, también, como el prodigioso Jordan Spieth, el Masters de Augusta, con la misma tarje de 270 golpes (-18). Ahora tiene 39 años y habla como un viejo. “Sí, Jordan es muy bueno”, dijo. “También yo cuando gané en el 97 con -18 no fallé ni un putt de menos de tres metros, y lo mismo hice cuando gané el Open de Estados Unidos en Pebble Beach, y también hice lo mismo en el Open en Saint Andrews, y…” Y podría haber seguido así media hora, recitando sus 14 grandes, marcando distancias, pero prefirió hacerlo recordando, como todos los nostálgicos, que en su tiempo era mucho más duro. “Pero a Jordan, que hizo lo que ninguno pudimos hacer, le ayudaron las condiciones. El campo estaba más blando que nunca. Exceptuando el domingo, en el que los greens rebotaban un poco, los demás días el campo estaba muy fácil. Y yo pensaba que después de haber alargado el campo tras mi -18 nadie podría acercarse a mi marca, pero los del club no han endurecido el campo, no han querido hacerlo. Y eso es algo de lo que los viejos campeones hablábamos todos los días en el vestuario, de que nunca habíamos jugado con un campo tan fácil…”, añadió Woods, el regresado, que dio un golpe con dolorosas repercusiones en la muñeca derecha y acabó 12º.
Pero Jordan Spieth, que es un joven bien educado y muy de su casa y de sus tradiciones (aún sigue siendo novio de la chica de la que se enamoró en el colegio de jesuitas de Dallas; aún lleva la ropa sucia a su casa para que se la lave su madre; aún habla con emoción de todas las pequeñas cosas), y se refirió a sí mismo como un golfista hambriento de victorias y muy duro, no habló de Tiger Woods, del pasado, en su primera conferencia de prensa vistiendo la chaqueta verde, sino del futuro. “Mi objetivo es ser el número uno del mundo”, dijo. “Todas las semanas pienso en ello. Será muy difícil alcanzar a Rory [McIlroy ocupa esa plaza], pero en Augusta he dado un gran paso. Rory ha ganado ya cuatro grandes, algo que yo solo puedo soñar, y sé que nunca golpearé tan largo como él, así que tendré que inventar alguna otra forma de combatirlo. Es un tío majísimo, y tiene mucha clase. No sé cómo crecerá nuestra rivalidad, pero espero encontrármelo cara a cara un par de veces y probarnos, y ver si puede haber combate entre nosotros”.
La cumbre más importante para ambos en la temporada puede ser la que celebren en julio en saint Andrews (Escocia), donde McIlroy defiende el Open ganado en 2014 en Royal Liverpool. “Ir a la cuna del golf, uno de los lugares más interesantes del mundo,, e ir como campeón del Masters, será espectacular”, dijo Spieth. “Haré turismo y también jugaré al golf, y quizás, quién sabe, gane mi tercer grande consecutivo [antes, en junio, se juega el Open de EE UU], ja, ja, ja. No puedes ganar tres si no ganas el primero, y ese ya lo tengo”.
El advenimiento de Spieth, el campeón joven que esperaba el golf mundial, anuncia como una trompeta evangélica la llegada de una nueva generación de jugadores, de jugadores con mentalidad colectiva, como los definió Spieth, quien cree que el gran cambio se ha producido en Estados Unidos gracias a que los circuitos júnior y universitario son una réplica de la tremenda competitividad que se vive en el circuito grande, el de la PGA. “Así todos llegamos mucho más preparados, con una mentalidad mucho más fuerte, y mejores personas”, dijo. “Cuando juego con mi amigo y rival Patrick Reed, quiero ganarle, pero no deseo que falle sus putts. Simplemente deseo meter yo más que él”.
Spieth contó que solo después del 16, después de que Rose fallara un putt para birdie y él salvara el par, respiró tranquilo. “Ha sido el putt más importante de mi vida, cuesta abajo y peligroso”, dijo. Quedaban dos hoyos y tenía una ventaja de cuatro golpes. Y que camino de su bola en el rough pegado al green del 18, en los más de 200 metros de paseo gozoso, le dijo a Greller, “Michael, esto ya está hecho”. Y este, una roca en la que apoyarse, un sabio de 37 años, le respondió: “No. Solo habrá acabado cuando controles el chip que te queda”. Spieth sacó bien la bola, la dejo a un par de metros del agujero. Si la hubiera introducido, habría batido el récord imposible de Woods, los 8,90m de Bob Beamon en golf. Pero, delante de sus padres que no podían contener las lágrimas de emoción y de cientos de espectadores que lo recibieron como siempre se recibe a los campeones en el 18 de Augusta, de pie y aplaudiendo sin parar, Spieth falló. “Me habría gustado clavarlo para terminar con estilo, pero no importa, tenía cuatro de ventaja”. Acaba de ganar su torneo favorito, la chaqueta con la que soñaba desde que tenía 10 años y era capaz de jugar desde el jardín de su casa, un pequeño rectángulo convertido en tee al jardín del vecino, donde plantó el green, pasando la bola por encima de la casa. “Y nunca rompí un cristal”, dijo uno que, quizás, en su vida ha roto un plato.

JORDAN SPIETH ASPIRA A MARCAR UNA ÉPOCA

CARLOS ARRIBAS
El País.com

Cuando el lunes por la mañana Spieth, el que no se conforma con ser segundo, haya revisado su clasificación en el ranking mundial aún no se verá primero, pues Rory McIlroy aún está lejos, pero considerará secundaria esa clasificación, pues la contemplará vistiendo una chaqueta verde en cuyo bolsillo encontró un cheque de 1,8 millones de dólares, el botín de una tarde de fresca brisa y sol agradable, ideal para pasear y para darle a la bola en el Augusta National Golf Club. Spieth ganó el Masters en solo su segunda participación y proclamó, con su gran juego, sus nervios inexistentes, sus números y su juventud, el advenimiento de una nueva época en el golf.
Los ganadores de los últimos tres grandes, Rory McIlroy y Spieth, aún no han cumplido los 26 años. A los 21 años y ocho meses, Spieth, el joven de Dallas (Texas), es el segundo jugador más joven que gana el grande más deseado, batido solo por cinco meses por Tiger Woods. Lo ganó liderando el torneo en solitario desde el primer día, lo que le engancha a la lista formada por algunos de los nombres más grandes de la historia del golf: Craig Wood, Arnold Palmer, Jack Nicklaus y Raymond Floyd, el último que lo consiguió, hace 39 años. Su tarjeta final de 270 golpes (-18) iguala la más baja de la historia del Masters, los 270 con que Woods destrozó el viejo campo de Augusta hace 18 años. Solo un bogey de dos metros en el 18 le impidió romper la marca. Segundos, a cuatro golpes, empataron Phil Mickelson y el inglés Justin Rose. Con 28 birdies en las cuatro jornadas, Spieth, que el año pasado terminó segundo, batió también la marca de 25, de Mickelson en 2001. Cuarto, a seis golpes, Rory McIlroy, quien con 66 golpes hizo la mejor ronda del día. Woods, el dolorido, terminó 12º, a 12 golpes, los mismos que Sergio García.
Arnold Palmer, el amado, se reía mucho de Jack Nicklaus, de sus anchas caderas, de sus andares, y muerto de envidia cuando el rubio de Ohio lanzó su logo de oso dorado y empezó a vender niquis con esa marca, si veía a algún amigo con esa prenda, Palmer le preguntaba “¿por qué llevas un cerdo en el pecho?” Nicklaus era el mejor jugador del mundo y ganaba casi siempre a Palmer, pero era frío y calculador, y comía hamburguesas con su familia en un McDonalds entre la indiferencia del público, para el que el golf era Palmer atacando a lo loco hasta morir. Ahora, ancianos (85 años Palmer, 75 Nicklaus), participan juntos en cuantas ceremonias nostálgicas se celebran la semana del Masters, y ríen y cuentan anécdotas como si toda la vida hubieran sido buenos amigos, aunque Nicklaus le recuerde siempre que él ha ganado más chaquetas verdes que nadie, seis, y más grandes también, 18. Y terminada la representación, cada uno se va por su lado. También en el golf, sobre todo en Augusta, el corazón tiene razones que no entienden los malqueridos. A los inteligentes se les teme, a los audaces se les admira, a los bravucones se les desprecia. Aunque haya ganado con la superioridad que solo el gran Tiger Woods ha impuesto en el siglo XXI, Jordan Spieth, el nuevo Nicklaus quizás, nunca será tan querido ni jaleado como el jugador negro de California, y mucho menos que el zurdo Phil Mickelson, de quien se admira su aire atolondrado y su bravura rayana en la inconsciencia con el driver, y su toque alrededor del green, su sentimentalismo y su pasión, y la manera en la que reclama la herencia de Palmer. “Es un color que no me pega, pero me he puesto un niqui rosa en homenaje a Arnold, quien por la mañana me vino a dar ánimos y me recordó que el rosa era el color que más le gustaba cuando se trataba de cargar”, dijo Mickelson, de 45 años, el sábado por la noche, después de su carga en el marcador y de que una tarjeta de 67 golpes le acercara a cinco golpes del lejano Spieth y de su cuarta chaqueta verde. Y mostró su polo rosa tan sudado después de un día de golpes locos y geniales y estrés (pero el domingo salió de negro, su color de la suerte). ¿Cómo puede competir Spieth, el frío y joven texano con tanto amor, él, que nunca ha conseguido hacer rugir a los espectadores de Augusta, amantes de las heroicidades imposibles, no de los jugadores seguros? Si Mickelson y Woods no tienen necesidad de explicar de qué parte de su cabeza artística salen los golpes que dejan con la boca abierta, Spieth, describe sus decisiones más que como un jugador de golf como lo haría un Euclides, el geómetra, hablando de tangentes, radios y circunferencias al que se le hubiera injertado un ingeniero agrícola explicando cómo la forma en que estaba cortada la hierba y su grano le guiaron para tomar la decisión acertada que tomó. Demasiada ciencia, demasiado cálculo, demasiado Nicklaus. Demasiado elogio de la paciencia y la inteligencia
Se impuso en su segunda participación y demostró que sus nervios son inexistentes
“Sé que el domingo, cuando salga con Justin Rose en el último partido, vamos a tener que soportar delante de nosotros a todo el público festejando como locos y chillando los golpes de Tiger o Mickelson”, dijo Spieth, el sensato, tras la jornada del sábado, en la que sus 70 golpes para un total de 200 le valieron para batir el récord de Raymond Floyd (201) de menos golpes en las primeras tres rondas y una ventaja de cuatro golpes sobre Rose. Pero los rugidos de uno y tres hoyos delante fueron escasos y apenas hicieron temblar la hierba delante del palo de Spieth. Saludaron salvajemente tres o cuatro golpes de Mickelson, el deseado, que llegó a acercarse a cuatro golpes, sobre todo un eagle conseguido a la Mickelson, es decir, contra toda lógica, desde el búnker del 15, y desde entonces le siguieron en todos sus paseos. A Woods solo le envolvió colectivamente empático y dolorido un ¡ohh¡ ¡cómo duele! cuando golpeó contra una raíz bajo los pinos del exterior de la calle del nueve y se hizo daño en la muñeca. Después de eso, Spieth, pura adrenalina contenida que se desbordaba con los hierros, solo necesitó mantener las distancias con su compañero de juego, Rose, quien con sus gafas macarras de sol y sus andares seguros salió dispuesto a convertir el partido en un match play estilo Ryder Cup. Partió a cuatro golpes, logró acercarse a tres, terminó a cuatro bajo el control frío y matemático de Jordan Spieth, quien ha llegado a la cima a los 21 años, y piensa quedarse.

La augusta autocracia
A Richard Nixon, amante del golf, nunca le invitaron a jugar en Augusta pese a que antes de ser presidente de Estados Unidos fuera vicepresidente con Eisenhower, socio del exclusivo club. Los historiadores sospechan que se debió a que Nixon prefería la Pepsi Cola a la Coca- Cola (y hasta logró que fotografiaran a Nikita Khrushchev bebiendo Pepsi), un sacrilegio en Augusta, donde era socio el presidente de Coca-Cola, quien ayudó en sus negocios a los fundadores del club.
Este veto a Nixon, políticamente incorrecto, muestra también una de las máximas del club de Bobby Jones y Cliff Roberts: nunca la presión exterior debe influir en la manera en que se dirija el club. Ocho años después de que la sociedad reclamara que un negro americano disputara el torneo, y solo cuando la polémica se agotó, invitaron los responsables de Augusta a jugar a Lee Elder. Era 1975. La misma táctica siguieron para hacer socia a la primera mujer. Invitaron a dos, una de ellas era Condoleezza Rice, mujer y negra, ex secretaria de Estado con Bush.
Aun siendo demócrata, Roberts, el fundador, admiraba las obras de Mussolini en Italia, la limpieza, el orden y el detalle, y convirtió el Augusta National Golf Club en un pequeño universo que se regía solo por sus leyes. Para gobernar así su mundo tan admirado -no se admitían críticos: el comentarista que dijera una palabra de más por televisión era despedido-, el autócrata Roberts necesitaba cientos de empleados, entonces todos negros. Ahora son miles y también se admite a blancos, que se pegan por un puesto de trabajo durante el Master.
Se presume (no hay cifras oficiales) que los ingresos superan los 115 millones de dólares.

NADAL: "DEBO ESTAR TRANQUILO, MI CARRERA ESTÁ HECHA"

ENRIQUE YUNTA

Camino de los 29, Rafael Nadal habla y se comporta como un veterano. No se siente mayor y descarta hablar del final, pero insiste una y otra vez en ensalzar su maravillosa carrera. Son diez años en la cima, catorce Grand Slams en su mochila y un sinfín de hazañas jamás escritas antes en el tenis español, que sufre porque no encuentra un recambio y porque no habrá otro igual. Ahora, sin embargo, negocia la ansiedad que le generan las derrotas, cinco en este año irregular que le aleja de la zona noble en la que batallan Novak Djokovic, Roger Federer o Andy Murray. En estos momentos, Nadal es el quinto del mundo y se consuela con el regreso de la tierra batida, aunque también eso tiene su peligro por todo lo que ha de defender. En Montecarlo, preciosa postal, paraíso de lujo y tradición conquistado por el balear en ocho ocasiones, el tenista cita a ABC para analizar su momento y transmitir un mensaje de esperanza. Cuando él pierde, pierde España, desde siempre entregada a un ídolo sensible de carne y hueso, un héroe sensato que promete luchar como hasta ahora para volver a ser Nadal.

-¿Cómo está?
-Bien, contento de estar en Montecarlo. Contento de estar en el circuito. En general, las cosas están yendo bien porque físicamente no tengo problemas, estoy respondiendo bien. Eso, cuando uno lleva tiempo sin competir, es una buena noticia. Es lo más importante. Después, soy consciente de que necesito mejorar mi tenis, pero tengo la confianza de que iré a más.

-¿Y qué le pasa?
-Bien... Es un inicio de temporada en el que he perdido algunos partidos que no debería. He jugado peor de lo que lo he hecho otros años. Y no me pasa nada, sólo que he jugado peor, es lo único que ocurre. Es el deporte, es simple. No hay que complicarse. He perdido dos partidos que me hubieran ayudado a estar mejor: el de principio de año contra Berrer en Doha con set arriba y el de Fognini en Río de Janeiro con set arriba y dos veces break. He echado de menos esas victorias que te dan la continuidad necesaria. Hice buen torneo en Indian Wells y perdí con tres bolas de partido contra Raonic. Y en Miami jugué mal, contra Verdasco lo hice muy mal. Ahora llega la temporada de tierra, a la que llego más retrasado de lo habitual y de ahí que los cruces sean más complicados. Es parte de lo que toca cuando uno ha estado seis meses sin competir y con cero puntos en el ordenador. O cuando vuelves lo ganas todo desde el comienzo o te vas atrás en el ranking. Y tengo buenas opciones de seguir bajando... Así que nada, estoy aceptando las situaciones, aceptando todo y espero que el trabajo me dé resultados lo más pronto posible porque creo que lo estoy haciendo bien.

-Usted que siempre ha sido muy fuerte mentalmente sorprendió en Miami con un arrebato de sinceridad al decir que jugaba con ansiedad, que estaba nervioso.
-Es que la tuve, sí. La tuve en Miami y la he tenido desde que he vuelto. Estoy más nervioso de lo habitual. Son situaciones que se repiten. Tuve el problema en 2012 e incluso en 2013 me dolía mucho la rodilla pese a la temporada fantástica que hice. Y en 2014 parecía que todo iba bien, jugando a buen nivel y me pasa lo de la final de Australia -problema en la espalda-, lo de la muñeca cuando había cambiado la dinámica con el título en Roland Garros y un buen Wimbledon y luego lo de la apendicitis. Es un cúmulo de circunstancias que a uno le van pesando y cuando vuelves quieres hacerlo bien. Esos factores generan ansiedad, nervios, dudas... Es lógico, son muchos años en donde las cosas han salido muy bien y a veces sin tener la preparación suficiente como para que salieran tan bien. Como en 2013, que volví muy mal de la rodilla, estaba cojo en Chile y salió todo perfecto.

-¿Se lo genera usted o es el entorno?
-Es una autoexigencia continua que uno se va creando y también la gente de alrededor y al final te lleva a tener nervios. Y no hay más que relajarse, que jugar a tenis y que entender que esto es un juego. He de estar lo más tranquilo posible porque mi carrera ya está hecha, todo lo que venga es a ganar. En un momento u otro me voy a tranquilizar porque sé que estoy jugando bien, las cosas van a empezar a salir mejor.
-¿Cómo se notan los nervios?
-Se notan cuando no eres capaz de golpear la bola como quieres. Suelto la bola demasiado rápido, no consigo retener la pelota y lanzarla. Es difícil de explicar y más que la gente que lea esto lo pueda entender. Pero lo que tengo que organizar es el tiempo de la bola, el tiempo del juego en general. Con nervios, todo pasa mucho más deprisa. Cuando lo ves con la perspectiva correcta, el tenis es otra cosa.

-¿Le dura mucho el enfado en la derrota?
-No, nada. El enfado, la rabieta, no lo tengo nunca, casi nunca. Cuando pierdo estoy más triste que enrabietado o enfadado. Esto es deporte y se gana y se pierde, hay que tenerlo claro. Y otra cosa más: llevo diez años seguidos estando en lo más alto y no voy a estar en las primeras posiciones toda mi vida. La gente tiene subidas y bajadas y yo he sido muy regular, pero llegará el día en el que voy a bajar y no volveré. No sé si será esta vez, espero que no.

-Suena un poco pesimista cuando usted es el primero que antes ha dicho que está bien y que suele tener otro discurso.
-Es que uno nunca sabe. Hay que estar alerta y preparado para lo que la vida y la carrera me depare. Uno no se puede dormir y no puedo pensar que las cosas van a ir de una determinada manera. He de estar preparado para aceptar lo que venga, sea lo que sea. Sé dónde estoy, pero tengo la fe y la confianza de que las cosas van a ir bien, irán a mejor.

-¿Volverá a ganar?
-No lo sé, no sé si volveré a ganar. Nunca he dicho frases de ese tipo, ni cuando las cosas van fantásticamente bien y tampoco ahora. Lo único que sé es que estoy haciendo lo que puedo y lo que sé para intentar recuperar los buenos momentos. Y siempre desde la tranquilidad y el agradecimiento por todo lo que me ha pasado, lo valoro mucho.

-En este bache, ¿ha dejado de creer en sí mismo en algún momento?
-Sí, momentáneamente dejas de creer. Pierdes la confianza y la fe, y el que diga lo contrario miente. A todos nos pasa. Cuando uno termina y reflexiona las cosas, recupera la fe, pero sin esa fe es imposible que las cosas vayan bien. Y en el momento la puedes perder.

-Ya dijo que no necesita psicólogo, ¿pero es usted de hablar y de darle vueltas a esos momentos?
-Tienes un equipo para apoyarte en él, pero siempre afronto los problemas y los miro a la cara. O los superas o te superan así de fácil. Y nadie los superará por ti. He de tener la fortaleza para saber eso y para superarlo.

-¿Se magnifican sus derrotas?
-No me lo planteo. No sé si magnifican, pero no me doy cuenta del murmullo porque no acostumbro a estar muy pendiente de lo que pasa alrededor de mis victorias o mis derrotas. Intento ser yo e intento estar con la gente que sabe lo que necesito, cómo soy, lo que soy... La gente que me conoce desde pequeño. Lo demás, es superficial. Yo me apoyo en mi gente y no me entero de lo que se dice. Y le soy sincero: después de la carrera que tengo, pase lo que pase, sea bueno o malo, puedo decir que es una carrera fantástica. Y no se imagina cuánto lo valoro. Lo valoro y me siento afortunado por ello. Lo que me preocupa es la motivación personal porque quiero estar allí arriba más tiempo, trabajo para ello.
-Habla mucho de su carrera. ¿Se plantea el tenis de otro modo?
-Es difícil. Yo tengo mi mentalidad y una manera de encarar las cosas que son difíciles de cambiar. Vivo el deporte con pasión y emoción y eso es muy difícil que lo pierda. Las emociones son para lo bueno y para lo malo. Tengo esta manera de vivir el deporte, me gustan los nervios tanto como jugador o como espectador. Mi pasión no cambiará nunca.

-¿Satura tanto tiempo ahí?
-¡No! Nada, no, no. Me siento con ganas de seguir, de vivir esta época que me viene, de superar esta situación que no ha sido la que me gustaría desde que he vuelto. Y trabajo para ello, con ilusión e intentando recuperar la tranquilidad.

-¿Fortalecen estos momentos?
-Si consigo volver y recuperar el máximo nivel, sí. Es lo que le he dicho, valoro todo lo que me ha pasado y también he tenido varias lesiones en mi carrera que me han quitado opciones de ganar más. Es una realidad, son números. Soy el que más torneos importantes se ha perdido, pero todos esos momentos me han hecho valorar y vivir con emoción e ilusión todas las cosas buenas que me han pasado. Cuando estás limitado y consigues superarte, la satisfacción personal es mayor. He vivido momentos complicados y tengo una visión mucho más real.

-Ahora llega la tierra batida, que es su parte preferida del año. ¿Es una liberación o más presión?
-No tengo demasiada idea, son torneos con todos los mejores jugadores del mundo y desde la primera ronda hay rivales complicados. Hay que estar preparado para que las cosas no vayan bien, pero también para agarrarse a esas sensaciones positivas si las cosas empiezan a ir mejor.

-Roland Garros está al final de esta gira. Por las circunstancias y por la posibilidad de ganar el décimo, ¿es más especial este año?
-Cada año es lo mismo. Cada año se busca un motivo para que sea más especial. Para mí, el único motivo es el acicate de ganar Roland Garros. Cuando conseguí el sexto y empaté con Borg no era más especial, ni cuando con el séptimo le superé o cuando con el octavo fui el primero en ganar tantos títulos en el mismo Grand Slam.



jueves, 2 de abril de 2015

"ENTENDER DE PATINAJE ES COMO ENTENDER EL FUERA DE JUEGO"

ANTONIO NIETO
El País.com

A Javier Fernández (Madrid, 23 años) ser campeón del mundo le tiene estresado. Su proeza del sábado en Shanghái, donde batió a Yuzuru Hanyu, campeón olímpico y favorito, ha provocado que un deporte minoritario y exótico en España como el patinaje artístico sobre hielo rompa las redes sociales y haya despertado una inédita atención mediática."Tengo el móvil saturado, pero estas cosas solo pasan una vez en la vida", dice por teléfono desde Japón, donde se encuentra para una exhibición y para pasar un tiempo con su novia. Triple campeón de Europa, plata en la final del Grand Prix y cuarto en los Juegos de Sochi, ha sido pionero para España en todas las competiciones importantes.

Pregunta. ¿Puede resultar raro que un patinador que se cae se convierta en campeón del mundo?

Respuesta. Sí, pero es como si te meten un gol. Luego puedes meter otro. En el programa libre del mundial me caí en un elemento, pero los demás los hice perfecto.

P. ¿Para la gente es difícil comprender el patinaje por la cantidad de elementos técnicos que se valoran?

R. Es cuestión de dedicación. Es como saber un fuera de juego en fútbol. Es un deporte difícil, hasta que no tienes un nivel de comprensión apenas te enteras. Y las vueltas se dan en milésimas de segundo.

P. ¿Qué es un cuádruple salchow?

R. El salchow no lo puedo explicar. Porque no sé ni cómo explicarlo. Saltas con la pierna izquierda, con el filo interior, y caes con la pierna derecha...Pero si pones eso la gente no se va a enterar.

P. ¿Salchow fue un patinador?

R. Creo que sí.

P. ¿Cree que alguna vez podrá haber un cuádruple...?

R. ¿Un cuádruple Fernández? No sé si se puede innovar con el reglamento que hay. Yo lo estuve pensando una vez: Axel hay, pero Axel interior no. Y yo podría hacer un triple Axel interior... La posibilidad es muy pequeña, pero no imposible.

P. ¿Ser campeón del mundo significa ser el mejor del mundo?

R. No lo sé... Bueno sí, he ganado el campeonato del mundo. Soy el mejor del mundo este año.

P. ¿Es especial por ser un pionero?

R. No me siento especial por ser un pionero. Soy afortunado.

P. ¿Se considera patriota?

R. Sí. Estoy muy orgulloso de mi país. Alguna vez me han preguntado: "Si otra federación te pide que compitas para su país, con más beneficios o facilidades, ¿te cambiarías?" No, nunca. Soy español y las medallas que quiero conseguir son para mí, para mi gente y para mi país.

P. ¿Con qué edad se puso por primera vez los patines?

R. Empecé con seis años porque mi hermana también patinaba. Fue a campeonatos de Europa y del Mundo.

P. En su infancia, ¿le dijeron alguna vez que el patinaje era un deporte de niñas?

R. Sí, pero no le daba mucha importancia. Me decían lo típico, como los de hockey sobre hielo, que pensaban que eran más hombres por hacer hockey. Cosas de niños. Cuando creces la gente no piensa igual.

P. ¿España es un país machista?

R. Somos un país de fútbol. A veces se juzga sin conocer a la persona.

P. ¿Podría haber llegado hasta donde lo ha hecho entrenando en España?

R. En las condiciones que estamos ahora, aunque está mejorando, no. Yo salí de España con un buen nivel, pero cuando llegas a un punto necesitas muchas cosas que allí no tenemos: más horas de hielo para entrenar, una buena condición del hielo, un ambiente con deportistas de alto nivel...

P. ¿Cómo era cuándo empezó a entrenar?

R. Me costaba a veces entrenar. Me gustaba mucho el patinaje, pero cuando llegaba la hora de esforzarse al máximo me quedaba rezagado.

P. ¿Se considera espontáneo?

R. Sí. Soy normal da igual lo que haga. No siempre es positivo, porque a veces dices una cosa y la gente piensa que has dicho otra. Creo que es mi mejor manera de ser, me gusta ser natural y tratar a todos por igual, aunque algunas cosas debería pensarlas dos veces antes de hacerlo.

P. Como en el revuelo que se montó en Sochi. (Se publicaron unas declaraciones en las que Javier recomendaba a los gais que se cortaran un poco durante los Juegos)

R. No sé si me expresé mal o me entendieron mal. No debería haber pasado. Yo en ningún momento quise hacer daño a nadie, estaba en los Juegos por el deporte. No tendría que haber respondido a ninguna pregunta de ese estilo, pero como soy así... Yo sé lo que siento. De homófobo tengo cero.

P. Recibió muchas críticas y pidió disculpas

R. Tuve que pedir perdón porque no sabía si había sido mi problema, si me había expresado mal. Cuando pasan cosas como esta, cuando intentas explicarlo no te van a creer, así que es mejor pedir perdón y tragarte lo que ha pasado. Fue un mal trago, un mal momento para mí, me destrozó muchísimo. Yo en estas cosas soy muy sensible y que la gente se ponga en contra mía y me digan cosas como esas me afecta mucho. Más aún cuando es una cosa totalmente contraria a la mía. Mi entrenador, Brian Orser, salió a defenderme públicamente diciendo "¿Cómo va a ser homófobo si yo mismo soy gay?".

P. ¿Cómo se lleva con Hanyu, subcampeón del mundo?

R. Me llevo bien con él. Compartimos muchas horas de hielo. A veces las conversaciones se quedan cortas porque su inglés no es muy bueno.

P. ¿Qué le pasó a Hanyu en el Mundial? ¿Estuvo por debajo de su nivel?

R. Creo sí, pero no fue un desastre. Hizo un programa decente. Esta temporada no ha sido la mejor para él porque ha tenido problemas. Tuvo un choque con un patinador y estuvo un tiempo fuera del hielo, luego le operaron y tuvo otra lesión.

P. ¿Hay que afilar las cuchillas de los patines?

R. Si, depende del patinador y de la calidad del hielo. Yo normalmente las afilo cada tres semanas. Te cuesta mucho más frenar cuando está afilada.

P. ¿Es Brian, su entrenador, otro ganador del Mundial de Shanghái?

R. Brian fue un patinador estupendo, fue campeón del mundo y es un campeón del mundo como entrenador. Que estén tres pupilos de un mismo entrenador en el top 5 del Mundial yo no lo había visto nunca.
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